Padre Edmond Olivier Lejeune Delhougne
Cuando la riqueza está en el alma de un servidor

   Escondida detrás de aquellas gruesas vitrinas que cubren sus ojos azul cielo, la mirada del padre capuchino Edmond Olivier Lejeune Delhougne irradia tranquilidad. Tiene 87 años y durante más de tres décadas estuvo a cargo de la parroquia Jesús de Nazaret de Hualpén, respaldando el trabajo social de los estratos más necesitados de la comuna.

         Su figura es menuda; sus manos grandes, producto de la hinchazón que le provoca la artritis y su caminar es lento debido a un cáncer que lo acompaña desde hace siete años, cuando en el último viaje a su Bélgica natal le diagnosticaron aquella miserable enfermedad.

         Hoy, sin templo a cargo, pero cercano a las actividades que su investidura solicita, vive en la casa habitación de sacerdotes ubicada en Patria Vieja 948.

         Sin evitar que su acento francés se deslice en medio del relato, pausadamente va narrando con increíble exactitud cientos de cuentos extraordinarios, como si los años no robaran su memoria. Frente a una ventana, sentado en una silla en locutorio de su casa, viaja a través de los recuerdos evocando su propia historia.

         Edmond llegó en 1973 a la comuna, tras dejar su huella en Osorno. A esa ciudad del sur de Chile llegó en 1970 por la invitación que el sacerdote Pedro Jaminet le había hecho en Vervier (Bélgica), donde realizó su apostolado.

         Es en esta última ciudad donde se encontró de frente con la historia: Lejeune tenía 20 años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Por orden del rey Leopoldo III todos los jóvenes debían ir hasta el norte de Francia para reorganizar el ejército nacional de su país, destrozado por los ataques germanos.

         En aquella empresa, ya en la nación gala, un ataque relámpago alemán arrasó con el equipo de jóvenes belgas. En la confusión, Lejeune fue detenido por los propios aliados franceses, quienes al ver su vestimenta de capuchino, lo detuvieron pensando que se trataba de un espía nazi.

         “Me salvé sólo gracias a que un capellán galés me obligó a rezar una misa en latín. Al escuchar mi predica se dieron cuenta que efectivamente era un hombre de iglesia”, indicó el entonces seminarista Edmond Lejeune. Después de aquel incidente y a petición de los uniformados franceses, recorrió de civil varios puntos de Europa, donde fue arrestado en otras dos ocasiones, pero esta vez, por el impío ejército nazi.

         De aquel presidio, donde sobrevivió varias semanas con sólo unas tabletas de chocolate, lo liberó la intervención Real. Leopoldo III, el mismo monarca que lo enviara a tierras enemigas a combatir, firmó la capitulación en la que aseguraba a todos los prisioneros civiles el salvoconducto para llegar a Bélgica, no así para los soldados que corrieron distinta y trágica suerte.

         Edmond Lejeune se encontraba encarcelado en un recinto ubicado frente al mar del norte y tras este mandato de rendición pudo rápidamente emprender camino hacia Vervier, su ciudad natal. Ahí lo esperaba su familia. Corría el año 1940.
 
La vocación sacerdotal
        
         Afectada su inspiración apostólica por el azote de los acontecimientos mundiales de la Segunda Guerra, Edmond Lejeune retoma el estudio sacerdotal a principios de la década del `40, en el seminario capuchino de la ciudad de Ciney, Bélgica.
        
         En aquel lugar la destrucción producto de los bombardeos nazis, motivó a Lejeune y a otros seminaristas a trabajar en la recolección de cuerpos, desempeñándose como camillero y ambulanciero durante el resto de la guerra.

         “Un día vimos que poderosos tanques venían hacia nosotros. Fue un momento de mucha duda y miedo, porque no sabíamos si iban a matarnos o a rescatarnos”, cuenta Lejeune recordando un hecho ocurrido en 1945, cuando los aliados llegaron hasta Bélgica para liberar al país de la ocupación alemana.
        
         Al año siguiente y tras aprobar cursos de filosofía, pedagogía y teología, finalmente se convirtió en el sacerdote Edmond Lejeune.
        
         Empapado por las influencias de las encíclicas que abordaban la cuestión social, se dedicó a la predica en varias parroquias, pregonando acerca de la protección a los obreros y la defensa de los más pobres de la sociedad.

         En esa artesanía de predicador y a diferencia de los sacerdotes belgas a cargo de una parroquia, el padre Edmond no recibió remuneración de parte de la iglesia, dejando atrás la posibilidad de acceder a una futura pensión.

Nuevo destino: Chile.

         Tras una predica del padre Edmond en Bélgica, un sacerdote italiano que lo escuchó se acercó a conversar con él. El religioso de paso por Bélgica, que por esos años residía en Chile, se impresionó con el énfasis social de la predica de Lejeune, por lo que quiso traerlo a nuestra realidad.  Su primer destino fue Osorno.

         A principios de 1973 conoció, en esa ciudad del sur del país, al párroco de una iglesia en la población Irene Frei, Pedro Jaminet, quien lo invitó a trabajar con él.         

         Comenzó entonces, un apostolado muy diferente a lo que había realizado anteriormente. Realizó labores sociales, estrechando lazos especialmente con la clase obrera de las poblaciones de la actual comuna de Hualpén. “La misión que he cumplido acá me abrió los ojos. Estar con el mundo obrero, con los que no tienen trabajo ni techo, es una experiencia que cambia la perspectiva de vida”, expuso.

         Desde entonces, su labor se focalizó en evangelizar a la comunidad hualpenina y en apoyar al sector más vulnerable de la sociedad. Dentro de estas labores que realizó, especialmente recordados son los comedores populares que el padre Edmond abrió para quienes no tenían acceso a otra posibilidad de alimentación.

         De esta forma, buscó las herramientas que apoyaran a diversas familias en la senda de mejores condiciones de vida, entregando siempre apoyo espiritual y permitiendo así que muchas personas progresaran junto con la comuna.

         Desde su jubilación, el padre Edmond –ya nacionalizado chileno- ha continuado respaldando las labores parroquiales. Sin embargo, la carencia de recursos económicos que lo afectan en este momento perjudica su calidad de vida, sumándose a esto una cruel enfermedad que lo aqueja: el cáncer de próstata.

         Considerando esta falta de medios económicos para subsistir, la Municipalidad de Hualpén gestionó el beneficio de una pensión asistencial que le permita a este querido sacerdote, disponer de un ingreso que mejore las actuales condiciones de quien dio tanto por la comuna y su comunidad.

Quien fue durante más de treinta años la cabeza a cargo de la parroquia Jesús de Nazareth, guarda entre sus recuerdos las increíbles historias de horror y muerte que protagonizó en grandes periodos de la historia. Enfrentó, entre otros hechos, varias detenciones de parte del ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
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